jueves, 8 de octubre de 2009

Crónicas literarias de viajeros: Nueva York

Nueva York, majestuosa y eterna
por Julia Angrisani


La pasión me acelera los latidos, y al fin te veo aparecer: majestuosa, esperándome como siempre. Voy en el primer asiento del micro de la Grey Line, por Queens, respirando agitada, emocionada, y cuando termino de cruzar el túnel siento que llegué a casa. Llegué a vos. Y me entrego feliz en tus brazos.
Grand Central Terminal me recibe con la velocidad y ajetreo de los que vienen cada mañana a trabajar. Y a los pocos minutos, el glamour de Park Avenue y sus canteros de tulipanes.
El centro del planeta es un triángulo en la calle 42 y se llama Times Square. Con carteles que parecen televisores gigantes, del tamaño de un edificio. El sol, el ruido, los bocinazos y los taxis amarillos, todo es vértigo. La humanidad hierve al mediodía.
Los humanos miramos hacia arriba y, a medida que inclinamos la cabeza hacia atrás, se nos va abriendo la boca, maravillados por tu escala gigante. A lo alto, a lo ancho, nunca terminás. Quizás es por eso que cuando estamos acá tenemos la certeza de que todo es posible.
Esplendor en Fifth Avenue, refugio en Central Park. Musicales en Broadway, y jazz en el Village. Nos das todo. Si queremos el río, bajamos al Pier 17. Si queremos el cielo, subimos al Empire State.
Paz, vértigo, quietud, velocidad.
El Brooklyn de Gil, y mi esquina de 51st y Broadway.
Si algún día nos perdemos en la vida, los que me aman de verdad saben que me encontrarán allí. Literalmente.
Mi adorada New York: nadie puede arrancarme de tus calles. Ni la lluvia, ni el frío, ni la oscuridad. Sólo el tiempo que es cruel y no quiere detenerse.
Te amo igual que al hombre de mis sueños. Te extraño si no estoy cerca.
Cuando me alejo en el taxi rumbo al aeropuerto, me doy vuelta y te veo cada vez más chiquitita…Y mientras lloro desconsolada, te prometo -en voz alta- que voy a volver.


Esquina de 51 y Broadway


Times Square



En el círculo de Imagine en el Central Park

Crónicas literarias de viajeros



Esta es una sección que te invita a participar: Para los que escriben: pueden esmerarse en hacer una bella crónica y mandarla. Para aquellos que deseen sumarse, aunque no se sientan muy "escritores": pueden mandarla también y ofrezco la edición y mejoramiento del texto o poemas (además de fidelidad a la crónica) con previo consentimiento de su autor.
Lo pueden enviar a este mail:
gilbertacaron@gmail.com junto con algunas fotografías que ilustren ese viaje. Animate!!

viernes, 2 de octubre de 2009

Crónicas literarias de viajeros: Turquía

Turquía, del libro "Poesía en Turquía"
por Mariela Dabbah


Parte I: la gente


MUSTAFA

En un restaurante de montaña
colgado
a la orilla misma
del mediodía de Assos
Mustafá sirve Gozleme y café
con cariño y chocolates.


MELIKE

Ata pañuelos a dijes otomanos
y enhebra piedras
con ilusiones de ver el mundo.

Melike, reina de Siringe,
hija de Orfebres,
me ofrenda fantasías
que enredo en el cuello
con la ilusión
de entender su mundo.


MURAT

Amanecer de globos
desparramados en
un valle de Capadoccia
a la espera de mi vuelo con
Murat,
intrépido piloto.

Despega lento
y nos desliza
entre damascos y
rocas volcánicas.

El mundo se encoge
al abandonar la ciudad
y el miedo.

Aquí arriba
sólo llega el silencio.


POESIAS BREVES

Tiempo I

Los botes oscilan
deslumbrados
por la tarde incolora.

Los pájaros tejen melodías
con las chimeneas
y los hombres enhebran
sus anzuelos con soledad.

El mesero conoce
cada piedra
cada gesto
de este mar que lo rodea
y amanece a diario
convencido
de la permanencia del tiempo.


Tiempo II

Las mujeres de Korubasi
aguardan
en una esquina
a que pase el día y las deje
por el camino.

A que sus hombres
regresen de aguardar
en otra esquina
a que la vida los deje
seguir esperando.

Este pueblo
flota
en un pliegue imperturbable
del tiempo.

Puerto de Assos



Mujeres en Korubasi


Botes en Assos

Crónicas literarias de viajeros: New Orleans

New Orleans, una ciudad de artistas
por Bettina Caron


New Orleans no es una ciudad que pueda pasar desapercibida –por lo menos para quien añore o imagine una posible ciudad de artistas- por la belleza antigua y europea de su arquitectura, el mestizaje de culturas, un cierto desorden que la torna imprevisible y especialmente esa música que la habita siempre y no sólo en sus famosos festivales de jazz. Un escenario más que una ciudad, es New Orleáns, tanto de día como de noche. Músicos callejeros, pero músicos de verdad que eligen la calle como escenario, pintores, mimos, marionetistas, artesanos, bailarines, soñadores, gente rara, en fin. No es precisamente Mardygrass con su locura turística lo especial de esta ciudad, pero sí lo son las callecitas del French Quarter, con sus cafés de los cuales sale mezclado el jazz con esos olores típicos de la cocina francesa y de los jazmines que abundan en los balcones y el ruido de las latas de cerveza que casi impiden caminar. Hay otros ingredientes que tornan literaria a esta ciudad, como sus 42 cementerios, famosos en el mundo y algunos detalles como la casa museo de John Lafitte y la de Edgar Degas, por ejemplo.También es una experiencia literaria viajar en un tranvía llamado deseo y es cuchar las sirenas de los barcos del Mississipi, que circunda la ciudad. Una verdadera ciudad invisible al mejor estilo de Calvino, que se hace real sólo para quien la transita y siempre de un modo diferente, pues son muchas ciudades las que se esconden en New Orleans.

Músicos callejeros en el French Quartet


Casa típica de New Orleans

Crónicas literarias de viajeros: Colonia, Uruguay

Colonia del Sacramento, ciudad de atardeceres

por La Maga Ilustrada

Visitar Colonia del Sacramento es enamorarse de una zona ideal en el tiempo y el espacio y pisar en la tierra una de las ciudades invisibles de Italo Calvino: “Colonia la romántica y la amigable, la ciudad que invita a nativos y forasteros a contemplar atardeceres junto al río y cuyos habitantes aún descansan con sus puertas abiertas de par en par”. Porque así de franca y adorable es esta pequeña ciudad uruguaya a orillas del Río de la Plata y fundada en el 1600 por los portugueses, cultura que le adorna el alma con sus azulejos blancos y celestes, aljibes y jardines, y la viste de una arquitectura exquisita y colonial.
Sus callecitas empedradas logran la perspectiva en fuga de una pintura paisajística, y las casas trepadas por enredaderas fucsias permiten que caminemos dentro de un sueño antiguo. Por las tardes, es común ver las puertas abiertas de las viviendas con todos sus objetos privados al alcance de los transeúntes. Y entonces, los turistas que circulan susurran en voz baja, ante el asombro de ese voto inusitado de confianza hacia la humanidad.
En un paseo por la Costanera, la ciudad nos acompaña a un lado, mientras el plateado y manso río nos acaricia la vista del costado opuesto. Y siguiendo por esa ruta, no tan lejos, Colonia ofrece sus playitas de arena blanca y un agua bastante transparente donde bañarse si hace calor.
Por las noches, se vuelve la ciudad más romántica del planeta: apaga todas sus luces para iluminarse sólo con sus faroles amarillos y las velitas que arden -en las mesas sobre las veredas- de sus bares y restaurantes. Cenar o tomar un trago a la luz de las velas y luego caminar hacia el río es un momento completamente mágico.
Pero el mayor rito que ofrece esta ciudad -tan real como imaginaria- es algo muy simple: cada día convoca a nativos y visitantes que se dirigen en procesión hacia las orillas para mezclarse y contemplar el atardecer. Lo que viene después de que el astro de fuego toque el agua es puro éxtasis para los ojos y el alma: el cielo empieza a teñirse de colores imposibles inundando la ciudad entera con su iridiscente luz.
La belleza de la naturaleza hace su llamado a todos por igual: los uruguayos con sus mates y termos, los fotógrafos profesionales con sus cámaras y trípodes. El lugar obligado es el muelle del Puerto de yates y “El Torreón”, un bar-restaurante con vista privilegiada del río.
En palabras de un turista que disfrutaba una cerveza en una mesa contigua a la nuestra: “Me escapé de Buenos Aires donde andaba como loco para estar un momento acá y simplemente hacer esto: ver el atardecer de Colonia que me da una paz increíble”.
Declarada por la Unesco “Patrimonio histórico de la humanidad”, sólo el que la conoce entiende por qué es inevitable enamorarse de ella. No por ser pequeña deja de ser infinita: se vuelve a su belleza una y otra vez con el asombro de lo que jamás se gasta en el recuerdo ni se borra en el corazón.

Bares y restaurantes a la orilla del río

Callecita empedrada del barrio histórico


Playita de Colonia

Atardecer espectacular con velerito

1) See more pictures of Colonia here:



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My balconie / Gigi Caron

Hola! Comparto con ustedes una serie de fotos de algo que me apasiona: las plantas y las flores. En este caso, las que crecen en mi balcón. A veces se van agregando o variando según las estaciones del año, pero estas son algunas de las que me parecen más bonitas! Besos! Gigi





























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textos en prosa